Jane Eyre
Jane Eyre Ahora que la enfermedad se había convertido en una habitante de Lowood y la muerte en su visitante más asidua, ahora que la oscuridad y el miedo habían penetrado en sus muros, ahora que las habitaciones y los pasillos apestaban a hospital, mientras se intentaba en vano paliar los efluvios mortales con medicinas y pastillas, en el exterior, el mes de mayo resplandecía sin nubes por encima de las colinas y del hermoso paisaje. El jardín había florecido: las malvalocas habían crecido altas como árboles, las violetas se habían abierto, los tulipanes y las rosas estaban en flor; las margaritas rosadas alegraban los bordes del camino y las eglantinas esparcían sus intensas fragancias a especias y manzana. Tesoros que eran inservibles para la mayoría de niñas y que al final solo servían para adornar los ataúdes de las fallecidas.