Jane Eyre
Jane Eyre Mi asiento favorito era una piedra amplia y sin aristas que se alzaba blanca y seca en medio del riachuelo, y a la que solo se podía acceder cruzando las aguas, una hazaña que yo solía acometer descalza. La piedra era un espacio lo bastante grande como para que otra chica y yo pudiéramos instalarnos de manera confortable. En esos días, mi compañera habitual se llamaba Mary Ann Wilson, una niña perspicaz y observadora con la que intimé bastante, en parte porque era ingeniosa y original, y en parte porque con ella me sentía muy cómoda. Era unos años mayor que yo, por lo que sabía más cosas del mundo y era capaz de explicarme todo cuanto yo deseara averiguar. Con ella logré satisfacer mi curiosidad, y nunca me recriminó ningún defecto ni se burló de mis preguntas. Poseía el don de narrar bien; yo aportaba el análisis; a ella le gustaba informar, yo prefería preguntar. Juntas lo pasábamos bien, y si nuestra amistad no constituía una fuente de mejora mutua, al menos nos proporcionaba ratos de gran entretenimiento.