Jane Eyre
Jane Eyre ¿Y entretanto qué había sido de Helen Burns? ¿Por qué no pasaba esos días de libertad en su compañía? ¿Ya la había olvidado, o es que yo era una persona tan desagradecida que había acabado cansándome de su amistad? Supongo que Mary Ann Wilson era a todas luces inferior a mi primera amiga en Lowood: las conversaciones con ella solían ser divertidas y girar en torno a chispeantes cotilleos, mientras que las palabras de Helen tenían la capacidad de hacerte sentir otros valores de naturaleza más profunda.
Cierto, lector. Yo lo sabía y lo sentía así; y aunque soy un ser imperfecto, lleno de fallos y con pocas virtudes que los rediman, debo decir que jamás me cansé de Helen Burns, ni dejé de sentirme ligada a ella por los lazos más fuertes, tiernos y llenos de respeto que mi corazón ha sido capaz de trenzar. ¿Cómo podía ser de otro modo cuando Helen, en todo momento y bajo cualquier circunstancia, me había demostrado una amistad sincera y serena, jamás turbada por cambios de humor ni arrebatos de irritación? Lo que sucedía es que Helen llevaba semanas ocupando una de las habitaciones del piso de arriba, enferma y lejos de mi vista. No se encontraba en el sector de la casa que había sido destinado a las enfermas de fiebres, ya que su mal era la consunción, no el tifus. Yo, en mi ignorancia, creí que se trataba de algo más leve, una afección que podía curarse a base de tiempo y de cuidados.