Jane Eyre
Jane Eyre Si me lo hubiera dicho el dÃa anterior, habrÃa entendido que Helen estaba a punto de ser trasladada a su hogar en Northumberland. Jamás habrÃa sospechado que estuviera al borde de la muerte, pero en ese momento lo supe. Percibà con total claridad que los dÃas de Helen Burns en este mundo estaban contados: pronto emprenderÃa el camino hacia el lugar donde moran las almas, si es que ese lugar existÃa de verdad. La terrible noticia me causó una honda impresión, que fue dando paso a un profundo sentimiento de tristeza, y al deseo, o mejor dicho, la necesidad, de volver a verla. Pregunté en qué habitación estaba.
—En la habitación de la señorita Temple.
—¿Puedo subir a hablar con ella?
—Oh, no, querida. Será mejor que no. Y ahora, entra en casa. Acabarás cayendo enferma si te quedas a la intemperie al anochecer.
La enfermera cerró la puerta principal y yo me dirigà a la entrada lateral que conducÃa a la sala de estudio. Llegué justo a tiempo: eran las nueve en punto y la señorita Miller anunciaba que era hora de acostarse.