Jane Eyre
Jane Eyre Debieron de transcurrir al menos dos horas, eran ya casi las once, y yo aún no había logrado dormirme; cuando, del absoluto silencio del dormitorio, deduje que todas mis compañeras descansaban profundamente, me levanté sin hacer ruido, me puse el vestido encima del camisón y, descalza, caminé en dirección a la alcoba de la señorita Temple. Estaba casi al otro extremo de la casa, pero yo conocía bien el camino y avancé sin dificultad gracias a la luz de la luna que, libre de nubes, se colaba por las ventanas del pasillo. Un olor de alcanfor y vinagre quemado me anunció la proximidad de la enfermería y me apresuré a pasar por delante, temerosa de que la mujer que velaba a las niñas toda la noche pudiera oírme. Temía ser descubierta y obligada a volver a la cama. Tenía que ver a Helen, abrazarla antes de que muriera. Debía darle un beso de despedida, hablar con ella por última vez.