Jane Eyre
Jane Eyre Después de descender por una escalera, crucé un sector de la casa y me las arreglé para abrir y cerrar dos puertas sin hacer ruido y subir otro tramo de escalones, que me llevaron directamente frente al cuarto de la señorita Temple. Un leve resplandor se escapaba por el ojo de la cerradura y por debajo de la puerta; una profunda quietud envolvía el ambiente. Al acercarme, vi que la puerta estaba ligeramente entornada, supongo que con el fin de ventilar un poco la viciada atmósfera del interior. La vacilación no era un rasgo de mi naturaleza, así que apremiada por impulsos de impaciencia, con el alma y los sentidos temblando de agonía, empujé la puerta y entré. Mis ojos buscaron a Helen, temiendo hallarla muerta.
Al lado de la cama de la señorita Temple, y cubierto a medias por unas blancas cortinas, había un pequeño lecho. Distinguí una silueta bajo la colcha, pero las cortinas ocultaban el rostro. La enfermera con la que había hablado en el jardín se había dormido en un sillón. Poco a poco la cera de la vela iba manchando la superficie de la mesa. No había rastro de la señorita Temple. Luego supe que había acudido a la enfermería para atender los delirios de una de las niñas. Di un paso hacia el lecho y puse la mano sobre la cortina, pero preferí hablar antes de correrla. La idea de ver un cadáver me aterraba.
—¡Helen! —susurré—. ¿Estás despierta?