Jane Eyre
Jane Eyre Ella se removió y corrió la cortina. Su rostro apareció ante mÃ, pálido y demacrado, pero bastante sereno. HabÃa cambiado tan poco que mis temores se disiparon al instante.
—¿Eres tú, Jane? —preguntó con su voz dulce.
«¡Oh! No va a morirse —pensé—. Todos se equivocan: ella no podrÃa hablar con tanta calma si estuviera a punto de morir.»
Me senté en el lecho y la besé. La frente, al igual que las flácidas mejillas, la mano y la muñeca estaban frÃas, pero su sonrisa seguÃa siendo la misma de siempre.
—¿Qué haces aquÃ, Jane? Son más de las once. Oà las campanadas del reloj hace unos minutos.
—He venido a verte. Me dijeron que estabas muy enferma y no podÃa dormirme sin hablar antes contigo.
—Estás aquà para decirme adiós. Creo que has llegado justo a tiempo.
—¿Te marchas a algún sitio, Helen? ¿Te mandan a casa?
—SÃ, a mi última casa. A mi última morada.
—¡No, no, Helen! —la interrumpÃ, angustiada.
Mientras luchaba por tragarme las lágrimas, un ataque de tos sacudió el cuerpo de Helen, pero no despertó a la enfermera. Cuando remitió, Helen se dejó caer sobre el lecho, agotada.