Jane Eyre
Jane Eyre —Jane —susurró—, vas descalza. Échate a mi lado y tápate con la colcha.
Eso hice. Ella me rodeó con el brazo y yo me acurruqué contra su pecho. Después de un largo silencio, ella volvió a hablar en voz muy baja.
—Soy muy feliz, Jane. Recuérdalo cuando te enteres de mi muerte, y no sufras por ella. No hay nada que lamentar. Todos moriremos algún dÃa, y la enfermedad que sufro no es dolorosa. Se me lleva de una forma lenta y gradual. Mi mente está en paz. Nadie me echará mucho de menos. Mi padre acaba de casarse de nuevo y no notará mi ausencia. Morir joven me permite escapar de enormes sufrimientos. Carezco de cualidades que me faciliten el camino en este mundo. Siempre habrÃa estado cometiendo errores.
—Pero ¿adónde vas, Helen? ¿Puedes verlo? ¿Lo sabes?
—Yo tengo fe, creo en Dios. Voy a reunirme con Él.
—¿Dónde está Dios? ¿Qué es?
—Es mi Creador y también el tuyo; nunca destruirá a sus propias criaturas. ConfÃo en su poder y en su bondad. Cuento las horas que faltan para que la muerte me lleve junto a Él, y me revele su esencia.
—Entonces, ¿estás segura de la existencia del cielo, un lugar donde nuestras almas viven después de la muerte?