Jane Eyre
Jane Eyre La señorita Abbot se volvió para despojar a sus gordas pantorrillas de la prenda en cuestión. Segura de que cumplirÃan su amenaza, y de que eso supondrÃa un agravio añadido al castigo, opté por calmarme un poco.
—¡No hace falta que se las quite! ¡No me moveré más! —grité.
Y para confirmar mis palabras me aferré al taburete con ambas manos.
—Espero por su propio bien que lo haga —dijo Bessie.
Después de asegurarse de que no mentÃa, aflojó un poco la fuerza de sus manos. Ella y la señorita Abbot me miraron fijamente, con los brazos cruzados, como si dudaran de mi salud mental.
—Nunca habÃa hecho nada semejante —dijo Bessie al fin, volviéndose hacia la dama de compañÃa.
—Pero ese instinto siempre anidó en ella —contestó esta al momento—. A menudo he comentado con la señora la opinión que me merece esta niña y ella siempre se ha mostrado de acuerdo. Es una criatura malvada. Nunca vi que una crÃa de su edad fuera tan retorcida.
Bessie no contestó, pero luego, dirigiéndose a mÃ, afirmó:
—Señorita, deberÃa recordar que usted está en deuda con la señora Reed: ella la mantiene. Si la echara de aquÃ, usted acabarÃa en el asilo para niñas pobres.