Jane Eyre
Jane Eyre Yo no tenÃa nada que decir a esas palabras; las habÃa oÃdo demasiadas veces: formaban parte de los primeros recuerdos de mi existencia. Esta forma de reprocharme mi dependencia se habÃa convertido en un sonsonete familiar, triste y doloroso, aunque de significado más bien difuso.
La señorita Abbot prosiguió:
—Y usted no deberÃa considerarse igual a los chicos Reed solo porque viva con ellos gracias a la benevolencia de la señora. Ellos heredarán mucho dinero y usted no tendrá ni una libra; por lo tanto, su obligación es mostrarse muy humilde e intentar que su presencia les sea lo más agradable posible.
—Es por su bien que le decimos esto —añadió Bessie con voz suave—; deberÃa esforzarse por ser útil y servicial. Tal vez asà pueda quedarse aquà para siempre. Ahora bien, si se deja llevar por el orgullo y el mal genio, la señora acabará echándola, estoy segura.
—Además —continuó la señorita Abbot—, Dios la castigará, fulminándola durante uno de estos arrebatos de rabia, y entonces ¿qué será de ella? Vamos, Bessie, dejémosla sola. Por nada del mundo me gustarÃa tener su mal corazón. Aproveche este rato de soledad para rezar sus oraciones y arrepentirse, si no quiere que el mismo diablo entre por la chimenea y se la lleve de cabeza al infierno.