Jane Eyre

Jane Eyre

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Lector, aunque dé la impresión de estar cómodamente instalada, mi mente no está en absoluto tranquila. Pensaba que habría alguien esperándome a mi llegada. Mientras descendía los escalones de madera que los mozos habían dispuesto para mí, no cesaba de mirar a mi alrededor aguardando oír mi nombre de labios de quien había de conducirme hasta Thornfield. No sucedió nada de todo esto, y cuando pregunté a un camarero si había llegado alguien preguntando por la señorita Eyre, su respuesta fue negativa, así que no tuve más remedio que solicitar una habitación en la posada. Y aquí sigo, expectante, con la mente nublada por un sinfín de dudas y malos presagios.

Para una joven inexperta resulta una sensación muy extraña el verse sola en el mundo: separada de todo lo que le es familiar, insegura de poder alcanzar el puerto al que se dirige, pero consciente de la imposibilidad de volver atrás. El amor por el riesgo endulza el sabor de esa sensación, y el brillo del orgullo te anima a seguir, pero de repente te asalta la brisa del miedo. Y, media hora después, sin ninguna noticia, puedo afirmar que el pavor me dominaba. Me obligué a hacer sonar el timbre.

—¿Existe algún lugar por las cercanías que responda al nombre de Thornfield? —pregunté al camarero que acudió a mi llamada.


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