Jane Eyre
Jane Eyre —¿Thornfield? Lo ignoro, señora, pero lo preguntaré en el bar. —Se esfumó, pero reapareció al instante—. ¿Se llama usted Eyre, señorita?
—SÃ.
—Alguien la espera abajo.
De un salto recogà los manguitos y el paraguas, y me dirigà a toda prisa hacia el pasillo de la posada. HabÃa un hombre junto a la puerta y a la luz de las farolas pude distinguir un coche tirado por un único caballo.
—Supongo que esto debe de ser su equipaje —dijo el hombre, en tono bastante brusco, señalando el baúl que estaba en la entrada.
Asentà y él lo subió en el vehÃculo, que visto de cerca recordaba más a una carreta. Entré en él, pero antes de que cerrara la portezuela le pregunté a qué distancia estábamos de Thornfield.
—A unos diez kilómetros.
—¿Cuánto tardaremos en llegar?
—Alrededor de hora y media.
Cerró con fuerza la puerta del coche, se encaramó al pescante y partimos. El paso era tan lento que me permitió entregarme a mis cavilaciones: estaba contenta de que el viaje tocara a su fin, y mientras me acomodaba en el asiento, confortable aunque carente de elegancia, pude meditar a placer.