Jane Eyre
Jane Eyre HabÃa mucha niebla y los caminos eran pedregosos, asà que el conductor dejó que el caballo fuera caminando, con lo que la hora y media se convirtió en cerca de dos. Por fin, me gritó desde su asiento:
—Ya no estamos lejos de Thornfield.
Volvà a asomarme. Estábamos pasando por delante de una iglesia. Vi la amplia torre recortada sobre el cielo y oà que las campanas tocaban el cuarto. Sobre una colina, vislumbré un conjunto de luces que parecÃan pertenecer a un pueblo o a un caserÃo. Pasados diez minutos, el conductor bajó del pescante para abrir una gran verja. La cruzamos, y esta se cerró con un sonido metálico. Subimos por un sendero que iba a parar a la parte frontal de la casa. Esta se hallaba a oscuras, excepto por el brillo de una vela que parpadeaba detrás de los cortinajes de una ventana. El coche se detuvo frente a la puerta principal y una doncella se encargó de abrirnos. Bajé del coche y entré en la casa.
—Haga usted el favor de seguirme, señora —dijo la chica.