Jane Eyre
Jane Eyre Recorrimos el recibidor, cuadrado y provisto de gran cantidad de puertas. Me condujo hasta una estancia, provista de tal profusión de velas encendidas y con un fuego tan vivo en el hogar, que el brillo me deslumbró, tal era su contraste con la oscuridad que me había rodeado en las últimas dos horas. Sin embargo, cuando la vista se acostumbró a la luz, la imagen que apareció ante mí fue de lo más acogedora.
Era una salita pequeña y confortable, en la que había una mesa redonda junto al fuego y un anticuado butacón de respaldo alto. En él se sentaba la anciana más diminuta que nadie pudiera imaginar, ataviada con un sombrero negro, un vestido de seda del mismo color y un níveo delantal de muselina, exactamente como yo la había dibujado en mi mente, aunque menos imponente y de aspecto más dulce. La dama estaba haciendo punto y tenía a un enorme gato dormido a sus pies. Era la viva estampa de un ambiente hogareño, y apenas podía concebirse un recibimiento más tranquilizador para una institutriz: no había nada abrumador, ninguna rigidez destinada a marcar distancias. Cuando entré, la anciana se levantó y se acercó a saludarme.
—¿Cómo está, querida? Me temo que ha tenido que soportar un trayecto muy aburrido. John conduce tan despacio… Debe de estar helada, venga junto al fuego.
—¿Usted es la señora Fairfax?
—Efectivamente. Ahora, siéntese.