Jane Eyre
Jane Eyre Me llevó hasta su silla, y luego comenzó a despojarme del chal y a deshacer los lazos del sombrero. Le pregunté si no se estaba tomando demasiadas molestias.
—No es molestia. Me atreverÃa a decir que sus manos deben de estar paralizadas de frÃo. Leah, haz un poco de té y prepara uno o dos emparedados. Aquà tienes las llaves de la despensa.
Y del bolsillo de su vestido sacó el manojo de llaves tÃpico de un ama de casa y se lo entregó a la criada.
—Ahora, acérquese más al fuego —prosiguió—. ¿Ha traÃdo equipaje, querida?
—SÃ, señora.
—Me ocuparé de que lo suban a sus aposentos —dijo, y fue a encargarse de ello.
«Me trata como si fuera una invitada —pensé—. Poco esperaba yo una recepción como esta. Más bien preveÃa un recibimiento frÃo y rÃgido. Esto no es lo que me han explicado acerca del trato que reciben las institutrices, aunque aún es pronto para cantar victoria.»