Jane Eyre
Jane Eyre Volvió y con sus propias manos retiró los útiles de la labor y un par de libros que había sobre la mesa, con el fin de hacer sitio a la bandeja que traía Leah. La misma señora se encargó de servirme la bebida. Me sentía bastante confundida al ser objeto de tantas atenciones, más de las que había recibido en toda mi vida (y eso sin contar que era un superior a mí quien las prodigaba); sin embargo, actuaba con tanta naturalidad que decidí aceptar su amabilidad sin protestar.
—¿Tendré el placer de conocer esta noche a la señorita Fairfax? —pregunté, después de dar buena cuenta de lo que me ofrecían.
—¿Qué ha dicho, querida? Me temo que estoy un poco sorda —replicó la buena señora, acercando su oído a mi boca.
Repetí la pregunta en tono alto y claro.
—¿La señorita Fairfax? ¡Oh, debe de referirse a la señorita Varens! Ella es su futura discípula.
—Entonces, ¿no se trata de su hija?
—No. Yo no tengo familia.
Con gusto habría seguido preguntando, con el fin de aclarar qué relación la unía a la señorita Varens, pero recordé que el exceso de preguntas no se consideraba de buena educación. Además, estaba segura de que no tardaría en saberlo.