Jane Eyre
Jane Eyre —Estoy tan contenta… —prosiguió la dama. Se sentó frente a mà y se subió al gato sobre su regazo—. Tan contenta de que haya venido… Será muy agradable vivir aquà con un poco de compañÃa. No es que no fuera agradable hasta ahora, no. Thornfield es una hermosa mansión antigua, algo descuidada en los últimos años quizá, pero que sigue siendo un lugar confortable. ¡Pero los inviernos son tan largos! Una no puede por menos que sentirse sola. Digo sola, cuando lo cierto es que Leah es una buena chica y tanto John como su esposa son personas muy decentes, pero usted ya me entiende: al fin y al cabo, no son más que criados, y una no puede ponerse a su altura y entablar conversación con ellos. Hay que mantener las distancias o se corre el riesgo de perder la autoridad. Puedo afirmar con seguridad que a lo largo del pasado invierno (que como usted recordará fue de los más rigurosos: no paró de llover y nevar durante meses) ni una sola persona, a excepción del carnicero y el cartero, se acercó a la casa desde noviembre hasta febrero. Y la verdad es que una acaba embargada por la melancolÃa, sentada noche tras noche en esta sala, siempre sola. A veces pedÃa a Leah que me leyera un rato, pero creo que a la chica no le hacÃa demasiada gracia: se sentÃa encerrada. En primavera y en verano todo se hace más llevadero: luce el sol y los dÃas son más largos, y entonces, justo a principios de otoño, llegó la pequeña Adela Varens con su niñera. ¡No hay nada que alegre tanto una casa como los niños! Y ahora que está usted aquÃ, todo será mucho más divertido.