Jane Eyre

Jane Eyre

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Después del desayuno, Adèle y yo entramos en la biblioteca. Al parecer, el señor Rochester había dado órdenes directas de que fuera utilizada como sala de estudio. La mayoría de los libros permanecían cerrados detrás de puertas de cristal, pero había unos estantes abiertos que contenían todo lo necesario para la enseñanza elemental, además de varios volúmenes de literatura variada, poesía, biografías, relatos de viajes y unas cuantas novelas. Supongo que él había creído que eran todo lo que una institutriz podía desear para distraerse y, de hecho, la selección me dejó bastante satisfecha. Comparados con los escasos libros que había conseguido en Lowood, estos parecían ofrecer una amplia variedad de entretenimiento e información. En la habitación también había un piano, bastante nuevo y afinado, un caballete de pintor y un par de globos terráqueos.

Descubrí que mi alumna era bastante dócil, aunque poco inclinada al estudio. No estaba habituada a ningún esfuerzo constante. Sentí que sería contraproducente exigirle demasiado al principio, así que al mediodía, después de haber hablado mucho con ella y conseguido que aprendiera un par de cosas, le di permiso para que fuera en busca de su niñera. Luego decidí mantenerme ocupada hasta la hora de comer esbozando algunos dibujos que podían sernos útiles para las clases.

Cuando subía a buscar la carpeta y los lápices, la señora Fairfax me llamó.


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