Jane Eyre
Jane Eyre Señalaba a un amplio arco, frente a la ventana, del que colgaba una cortina de color violeta, ahora recogida por encima de la arcada. Llegué hacia él a través de dos anchos escalones, maravillada por lo que veía. Por un momento pensé que me encontraba en el escenario de un cuento de hadas, de tan fantástica que resultó la imagen a mis ojos inexpertos. Y eso que se trataba únicamente de un bonito salón con un gabinete incluido. En ambos había alfombras blancas estampadas con brillantes guirnaldas de flores; ambos techos estaban decorados con níveas molduras que representaban racimos de uva y hojas de parra, formando un vivo contraste con el púrpura que centelleaba en los cojines y otomanas. Los adornos de la chimenea eran de reluciente cristal de Bohemia, rojo rubí, y los grandes espejos colgados entre las ventanas se encargaban de reflejar aquella mezcla de fuego y nieve.
—¡Qué ordenadas tiene usted estas habitaciones, señora Fairfax! Sin polvo, sin telas que cubran los muebles. Si no fuera por el frío que hace, se diría que se usan a diario.