Jane Eyre
Jane Eyre —¿Sabe una cosa, señorita Eyre? La verdad es que aunque el señor Rochester no suele visitarnos muy a menudo, su llegada siempre se produce de manera inesperada. Como observé que le molestaba mucho encontrar los muebles enfundados y que su súbita aparición desencadenase un torbellino de frenética actividad, decidà mantener las habitaciones siempre a punto.
—¿Es el señor Rochester un hombre maniático y exigente?
—No demasiado, pero posee las costumbres y los gustos de un caballero y espera que las cosas se hagan conforme a sus deseos.
—¿A usted le resulta simpático? ¿Cae bien a la gente?
—Oh, sÃ. La familia siempre ha gozado de mucho respeto aquÃ. Casi toda la tierra de este condado, hasta donde le alcance la vista, ha pertenecido a los Rochester desde tiempos inmemoriales.
—Ya, pero dejando las tierras al margen, ¿usted le aprecia? ¿La gente le quiere por sà mismo?
—No existe ninguna razón para que no le aprecien, y creo que sus arrendatarios le consideran un amo justo y liberal, pero lo cierto es que nunca ha pasado demasiado tiempo con ellos.
—Pero ¿no tiene algún rasgo peculiar? Me refiero a cómo es su carácter.