Jane Eyre
Jane Eyre —Bueno, puede decirse que es un hombre de carácter impecable. Tal vez sea algo especial: sus múltiples viajes le han llevado por casi todo el mundo. Me atreverÃa a decir que es un hombre inteligente, aunque nunca he entablado largas conversaciones con él.
—¿En qué sentido es especial?
—No sé, no resulta fácil describirlo… Nada que llame en exceso la atención; no obstante, cuando te habla, nunca estás segura de si lo hace en serio o en broma, de si está contento o disgustado. En definitiva, cuesta comprenderlo, al menos, a mÃ. Pero no importa: es un buen amo.
Esa es toda la información que pude obtener de la señora Fairfax acerca del señor. Hay personas asÃ, incapaces de describir un carácter y de observar los aspectos más llamativos tanto de personas como de objetos. La buena señora era una de ellas. Mis preguntas se limitaban a confundirla. A sus ojos, el señor Rochester era el señor Rochester: un caballero, un terrateniente. Eso era todo lo que le interesaba averiguar, y era evidente que mis esfuerzos por hacerme una idea de la forma de ser del señor le resultaban bastante extraños.