Jane Eyre
Jane Eyre Cuando salimos del comedor, se ofreció a mostrarme el resto de la casa. La seguí, subiendo y bajando escaleras, y admirando al pasar el buen gusto que destilaba cada uno de sus rincones. Hallé especialmente lujosas las amplias habitaciones de la parte delantera, y me atrajo el aire de antigüedad que se respiraba en algunas del tercer piso, pese a ser estancias mas bien oscuras y de techos bajos. Con el paso de los años las modas cambiaban, y los muebles que antaño adornaron las salas principales habían ido llenando los cuartos superiores. La débil luz que se colaba por las estrechas ventanas mostraba lechos de más de cien años; baúles de roble y nogal con grabados de hojas de palma y cabezas de ángeles, que hacían pensar en el Arca de la Alianza; filas de sillas de venerable aspecto, de respaldo alto y estrecho; banquetas aún más antiguas en cuyos cojines podían vislumbrarse restos de bordados, realizados por manos que ya llevaban dos generaciones enterradas. Todas estas reliquias daban al tercer piso de Thornfield Hall el aspecto de un hogar del pasado, un sepulcro de recuerdos. A la luz del día transmitían una atmósfera de silencio, penumbra y sosiego, pero por nada del mundo habría pasado una noche en una de esas anchas y sólidas camas: algunas cerradas detrás de puertas de roble; otras ocultas bajo antiguos cortinajes ingleses, repletos de bordados con la forma de extrañas flores, extrañas aves y extraños rostros, a los que la pálida luz de la luna conferiría un aire sobrecogedor.