Jane Eyre
Jane Eyre Estas palabras, par parenthèse, pueden sonar muy frías para aquellos que sostienen solemnes doctrinas referentes a la naturaleza angelical de los niños y al deber que tienen sus educadores de sentir por ellos una devoción rayana en la idolatría. Pero yo no estoy escribiendo para halagar el egoísmo de los padres, para hacerme eco de opiniones pomposas ni para corroborar una farsa. Me limito a decir la verdad: me preocupaban el bienestar y los progresos de Adèle y sentía afecto por ella, al igual que agradecía las amabilidades de la señora Fairfax, disfrutando de la paz que me reportaba su compañía y la moderación que se desprendía de su pensamiento y de su conducta.