Jane Eyre

Jane Eyre

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Era un camino empinado y, al llegar a la mitad, me senté en unos escalones que conducían a uno de los campos. Abrigada bajo la capa y con las manos metidas en los manguitos, apenas sentía frío, aunque el gélido ambiente se advertía en la alfombra de escarcha que cubría la calzada. Un riachuelo, desbordado por las lluvias días atrás, había vuelto a congelarse. Thornfield quedaba a mis pies: el gran caserón gris y almenado se recortaba sobre el valle; los bosques y los nidos de grajos se distinguían al oeste. Permanecí allí hasta que el sol se ocultó detrás de los árboles, dejando a su paso una estela escarlata. Entonces dirigí la mirada hacia el este.

Ante mí, sobre la colina, la luna iniciaba su ascenso. Su luz era aún pálida como la de una nube, pero poco a poco iba cobrando vida. Vislumbré el humo que procedía de las chimeneas de la aldea de Hay, medio perdida entre la espesura de los árboles. Estaba a más de un kilómetro de distancia, pero el silencio reinante me permitía distinguir con toda claridad los rumores de vida que emanaban de aquel pueblo. También llegaba a mi oído el fluir de las aguas, aunque ignoraba por qué valles o desfiladeros discurrían: muchas eran las colinas que se alzaban detrás de Hay y sin duda las atravesaban múltiples riachuelos. La tranquilidad vespertina revelaba el tintineo de los arroyos cercanos y el sordo murmullo de las aguas remotas.


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