Jane Eyre
Jane Eyre Un ruido brusco irrumpió entre los agradables susurros, tan lejanos y nÃtidos a la vez: eran pisadas fuertes acompañadas de un martilleo metálico que sofocaban la dulce suavidad del entorno, al igual que, en un cuadro, los trazos dominantes que representan la solidez de un monte o el tronco nudoso de un roble viejo eclipsan los matices de las colinas azuladas, el horizonte soleado y las ligeras nubes, relegándolas al fondo, en una tenue masa de difusos colores.
El estrépito provenÃa de la calzada: un caballo se acercaba. Los recovecos del camino escondÃan la silueta, pero el ruido se oÃa cada vez más cerca. Como el sendero era estrecho, permanecà sentada para dejarlo pasar. Yo era joven en esos dÃas, y todo tipo de fantasÃas, alegres y tenebrosas, asaltaban mi mente: surgÃan los viejos cuentos de la niñera, entre otras bobadas por el estilo y, al hacerlo, la imaginación juvenil les añadÃa un vigor y un realismo que la infancia fue incapaz de incorporar. A medida que el caballo se aproximaba, y mientras esperaba que apareciera a la luz del crepúsculo, recordé uno de los relatos de Bessie: el que narraba las correrÃas de un espÃritu del norte de Inglaterra llamado «Gytrash» que, bajo la forma de un caballo, una mula o un enorme perro, acechaba a los viajeros imprudentes que, como yo, se aventuraban por los caminos al anochecer.