Jane Eyre
Jane Eyre Ya estaba muy cerca, pero aún no podía verle. Fue entonces cuando, además de las pisadas, llegó a mis oídos un jadeo nervioso que provenía del seto y apareció entre los avellanos la figura de un perro gigante, blanco y negro, perfectamente visible sobre los árboles. Era la representación exacta de un Gytrash, una criatura parecida a un león, de pelo largo e inmensa cabeza. Pasó a mi lado sin hacer ruido, sin dirigirme ninguna de esas miradas sobrenaturales que yo había esperado. Le seguía el caballo: un corcel alto, montado por un jinete. El hombre rompió el hechizo: nadie cabalgó nunca sobre un Gytrash, este siempre iba solo. Y, hasta donde me alcanzaba el conocimiento, los trasgos, aunque a veces conseguían adoptar formas de animales, jamás habían logrado transformarse en seres humanos. No estaba ante ningún Gytrash: era solo un viajero que tomaba el atajo más corto hacia Millcote. Siguió su camino, y lo mismo hice yo. Había dado solo unos pasos cuando me volví, alarmada por el grito de «¿Qué demonios es esto?», seguido de un fuerte estruendo. El hombre y el caballo rodaron por los suelos: habían resbalado sobre la capa de hielo que cubría la calzada. El perro retrocedió hasta ellos y, al ver a su amo en apuros y oír los gruñidos del corcel, ladró hasta que las colinas se hicieron eco de sus aullidos y se los devolvieron en forma de rugidos aún más profundos. Olfateó al grupo que yacía en el suelo y luego corrió hacia mí. Era todo cuanto el pobre podía hacer por ellos, no había nadie más a quien acudir. Lo seguí hasta el lugar donde se hallaba el viajero, que en ese momento luchaba consigo mismo para liberarse de su montura. Tan vigorosos eran sus esfuerzos que deduje que sus heridas no debían de ser muy graves, pero me sentí obligada a preguntar: