Jane Eyre

Jane Eyre

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—¿Está herido, señor?

Creo que estaba maldiciendo, pero no estoy segura. En cualquier caso, pronunciaba algo que le impidió dar una respuesta inmediata a mi demanda.

—¿Puedo hacer algo por usted? —insistí.

—Quédese a un lado —respondió mientras se incorporaba, apoyándose primero en las rodillas y luego ya sobre sus pies.

Le obedecí. Entonces el caballo intentó levantarse, formando un barullo en el que se mezclaban los relinchos con ruidos de pezuñas y los ladridos del perro. Me situé a una prudente distancia, pero no tenía ninguna intención de irme sin saber cómo terminaba todo aquello. El incidente tuvo un final feliz: el caballo logró recuperar su postura habitual y una brusca orden del jinete, «¡Silencio, Pilot!», sirvió para acallar al perro. Tambaleante, el viajero se palpó la pierna y el pie, como si intentara cerciorarse de su estado. Al parecer sintió una punzada de dolor, porque se acercó cojeando a los escalones que habían sido mi lugar de reposo y se sentó allí.

Quería sentirme útil, o al menos ofrecer mi ayuda, así que fui hacia él de nuevo.

—Señor, si está herido y necesita algo, puedo acercarme a Thornfield Hall o a la aldea de Hay.

—Gracias, pero no es necesario. No tengo ningún hueso roto, es solo una torcedura.


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