Jane Eyre
Jane Eyre De nuevo se levantó, pero el esfuerzo le provocó un involuntario gemido de dolor.
Aún no se había puesto el sol y ya la luna empezaba a brillar, de manera que pude verle con toda claridad. Su cuerpo iba envuelto en una capa de montar, con el cuello de piel y abrochada por hebillas metálicas. Dicho atuendo ocultaba los detalles, pero pude trazar los rasgos generales del caballero, advirtiendo que era de estatura media y muy ancho de espaldas. Su rostro era moreno, de expresión dura y pobladas cejas que en ese momento ensombrecían unos ojos brillantes de ira. Ya no era muy joven, pero aún no había alcanzado la mediana edad: debía de rondar los treinta y cinco. No me inspiraba el menor temor, tan solo una leve timidez. De haberse tratado de un caballero joven y apuesto, seguro que no me habría mostrado tan solícita, ni habría insistido en ofrecer una ayuda que nadie me pedía. No recordaba haber visto nunca a un joven atractivo y jamás había hablado con ninguno. En mi mente albergaba una reverencia por la belleza, la elegancia, la galantería y la fascinación, pero si hubiera descubierto esas cualidades en un hombre de carne y hueso, habría sabido de manera instintiva que nada había en mí que pudiera despertar su interés y me habría alejado de él como del fuego, el rayo o cualquier otro fenómeno natural, atrayente pero a la vez peligroso.