Jane Eyre

Jane Eyre

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—¿Le conoce?

—No le he visto nunca.

—Entonces, ¿es él quien no reside en ella?

—Efectivamente.

—¿Podría usted decirme donde se encuentra?

—Lo ignoro.

—Usted no es una de las criadas, ¿verdad que no? Debe de ser…

Se detuvo, y su mirada se posó sobre mi vestido, bastante sencillo, como era habitual: una capa de lana negra y un sombrero de castor del mismo color. Ambas prendas no eran en absoluto adecuadas para la doncella de una dama, y como él parecía incapaz de adivinar cuál era mi posición en la casa, le ayudé.

—Soy la institutriz.

—¡Ah, la institutriz! —repitió—. ¡Que el diablo me lleve si me acordaba de ella! ¡La institutriz!

Volvió a examinar con atención mi atuendo. Dos minutos después, se puso en pie: su rostro reflejó un gesto de dolor.

—No puedo consentir que se tome la molestia de ir en busca de ayuda —dijo—, pero puede hacerme un favor, si es usted tan amable.

—Por supuesto, señor.

—¿No tendrá un paraguas que pueda usar como bastón?


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