Jane Eyre

Jane Eyre

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—No.

—Intente coger la brida del caballo y traerlo hasta aquí. ¿No le dará miedo?

Jamás se me habría pasado por la cabeza acercarme a un caballo, pero dado que no había nadie más estaba dispuesta a obedecer sus órdenes. Dejé los manguitos sobre el seto y fui hacia el enorme animal; intenté hacerme con la brida, pero el caballo era de temperamento agitado y no permitía que me acercara a su cabeza. Mis esfuerzos resultaban vanos, y en mi interior crecía el pánico ante la idea de que ese nervioso bicho acabara soltándome una coz. El viajero me observaba, atento a mis actos, y finalmente se echó a reír.

—Veo que la montaña jamás llegará hasta Mahoma, así que deberá ayudar a Mahoma a ir hasta la montaña. Acérquese, por favor.

Eso hice.

—Disculpe —prosiguió—, la necesidad me obliga a abusar de su amabilidad.

Puso su pesada mano sobre mi hombro y apoyado en él llegó cojeando hasta el caballo. Una vez hubo cogido la brida, se dio impulso para montar sobre la silla, sin poder evitar que una mueca de dolor le contrajera las facciones.

—Solo una cosa más —dijo, dejando por un momento de morderse el labio inferior— acérqueme el látigo. Está bajo la cerca.


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