Jane Eyre
Jane Eyre Recogí el manguito y proseguí mi camino. El incidente ya había terminado: no había en él la menor emoción, carecía por completo de interés. Había supuesto, eso sí, una hora de interrupción en la monotonía de mi vida cotidiana. Alguien había requerido mi ayuda y yo se la había prestado. Me complacía haber hecho algo que, aunque trivial y transitorio, no dejaba de ser todo un cambio en una existencia tan pasiva como la mía. El nuevo rostro entraba así a formar parte de la galería de mis recuerdos, y era un rostro distinto a cuantos había en ella: primero, porque era el de un hombre; y en segundo lugar, porque se trataba de un varón moreno, fuerte y enérgico. No había logrado apartarlo de mi mente cuando llegué a Hay a echar la carta al correo y seguí viéndolo durante todo el camino de regreso. Al pasar cerca del seto me detuve unos minutos, miré a mi alrededor y escuché, como si esperara volver a oír el eco de las pisadas de un caballo montado por un jinete envuelto en una capa y acompañado de un enorme perro parecido al Gytrash. Pero ante mis ojos solo había el seto y un sauce mutilado que extendía sus ramas hacia los rayos de luna. El murmullo del viento era lo único que llegaba hasta mis oídos, susurrando entre los árboles que rodeaban Thornfield Hall, a más de un kilómetro de distancia. Al mirar hacia la casa, una luz encendida tras una ventana me hizo ver lo tarde de la hora y apresuré el paso.