Jane Eyre
Jane Eyre No me apetecía volver a entrar en Thornfield. Cruzar el umbral era como retornar a un pantano estancado: recorrer el silencioso recibidor, subir la oscura escalera, penetrar en mi habitación, pequeña y solitaria, para luego reunirme con la plácida señora Fairfax y pasar la velada con ella como única compañía. Todo eso significaba ahogar la excitación despertada durante el paseo, encadenar de nuevo mis facultades con los grilletes invisibles que sujetaban mi existencia tranquila y rutinaria a cambio de seguridad y comodidad, privilegios que yo me estaba volviendo incapaz de apreciar. ¡Qué bien me habría sentado en ese momento sumergirme en los remolinos tumultuosos de una vida incierta, y que ellos me enseñaran a añorar esa calma de la que ahora me quejaba! Sí, el mismo bien que reportaría un largo paseo a un hombre cansado de estar sentado en un sillón demasiado cómodo. Ese ansia de movimiento era tan natural en su caso como en el mío.