Jane Eyre
Jane Eyre Me entretuve en la verja, crucé el prado tan despacio como pude. Avanzaba para luego desandar lo andado. Los postigos de la vidriera estaban cerrados y me impedían ver el interior. Tanto mis ojos como mi espíritu parecían querer huir de aquella casa oscura, que se me antojaba una cueva gris llena de celdas en las que jamás entraban los rayos del sol, y dirigirse hacia el cielo que ahora se desplegaba ante mí cual mar azul carente de nubes. La luna ascendía majestuosa y, a medida que se alzaba, dejaba atrás las colinas que habían sido su refugio, avanzando hacia el cenit, negro en su insondable profundidad y en su dimensión infinita. Las temblorosas estrellas que la seguían en su camino hacían que mi corazón palpitara con más fuerza; al mirar hacia ellas, la sangre me hervía en las venas. Pero son las pequeñas cosas las que te devuelven a la tierra: el reloj del vestíbulo anunció la hora, y eso fue suficiente. Bajé de la luna y de las estrellas, abrí una puerta lateral y entré en la casa.