Jane Eyre
Jane Eyre El vestíbulo no estaba oscuro, sino que aparecía alumbrado no solo por la lámpara de bronce que colgaba del techo sino también por una claridad cálida que se extendía por él y llegaba a los primeros peldaños de la escalera de roble. Aquella luz rojiza procedía del comedor grande; sus dos puertas estaban abiertas de par en par y mostraban un intenso fuego que crepitaba en el hogar, reflejándose en la chimenea de mármol y en los atizadores de cobre, y dotando de un radiante brillo a las cortinas de color púrpura y a la noble madera del mobiliario. A la vez, revelaba la presencia de un grupo de personas junto a la chimenea; apenas había podido verlos, aunque distinguí entre el alegre murmullo la voz infantil de Adèle, cuando la puerta se cerró.
Subí a la habitación de la señora Fairfax. En ella, el fuego también estaba encendido, pero no había ninguna vela ni el menor rastro de su propietaria. En su lugar, solo, sentado sobre la alfombra, contemplando con seriedad las llamas, me encontré con un perro de color blanco y negro, de largo pelaje, muy parecido al Gytrash que había visto en el sendero. Se parecía tanto a él que me acerqué y dije:
—¡Pilot!