Jane Eyre

Jane Eyre

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Aquel día no hubo forma de que Adèle se concentrara en sus lecciones: no paraba de correr hacia la puerta y mirar por encima de la barandilla en busca del señor Rochester; pergeñaba pretextos para bajar, supongo que con el fin de entrar en la biblioteca, pese a que sabía que no debía ir allí. Por fin, acabé enfadándome un poco y la obligué a estarse quieta, pero ella no cesó de hablar de su «ami, monsieur Edouard Fairfax de Rochester», como ella le llamaba (era la primera vez que yo oía su nombre completo), y de hacer conjeturas acerca de los regalos que él le habría traído. Al parecer, la noche anterior él le había dicho que tal vez, entre el equipaje que debía recibir desde Millcote, se hallara una caja cuyo contenido pudiera ser de su interés.

—Et cela doit signifier —dijo ella—, qu’il y aura là dedans un cadeau pour moi, et peut-être pour vous aussi, mademoiselle. Monsieur a parlé de vous: il m’a demandé le nom de ma gouvernante, et si elle n’était pas une petite personne, assez mince et un peu pâle. J’ai dit qu’oui: car c’est vrai, n’est-ce pas, mademoiselle?[7]





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