Jane Eyre

Jane Eyre

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Como de costumbre, mi alumna y yo comimos en el salón de la señora Fairfax; hacía mucho viento y nevaba, así que pasamos la tarde en la sala de estudio. Al anochecer di permiso a Adèle para que guardara los libros y corriera abajo, puesto que el relativo silencio que llegaba desde la biblioteca me hizo suponer que el señor Rochester ya estaba libre. Cuando me quedé sola miré por la ventana, pero nada podía verse: el crepúsculo y los copos de nieve oscurecían el aire, ocultando toda la imagen del prado. Solté la cortina y recuperé mi sitio junto al fuego.

En medio de las claras brasas dibujé un paisaje que se parecía mucho a un cuadro que había visto del castillo de Heidelberg, a orillas del Rin. Entonces entró la señora Fairfax, rompiendo con su presencia el radiante mosaico que yo había estado formando, y disipó de mi mente algunos tristes pensamientos que comenzaban a pesar sobre mi soledad.

—Al señor Rochester le complacería mucho que usted y su pupila tomaran el té con él esta tarde —anunció—. Ha estado tan ocupado durante todo el día que no ha podido decírselo antes.

—¿A qué hora toma el té?

—A las seis en punto. Cuando está en el campo, prefiere cenar temprano. Es mejor que vaya a cambiarse de ropa, yo la ayudaré a vestirse. Coja la vela.

—¿Es necesario que me cambie?


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