Jane Eyre
Jane Eyre —SÃ, será mejor. Yo siempre me visto por la tarde si está aquà el señor Rochester.
Tanta ceremonia me pareció una exageración, pero fui a mi cuarto y, con la ayuda de la señora Fairfax, me quité el vestido negro de lana y me puse el de seda del mismo color. Era el mejor que tenÃa, sin contar con uno de color gris perla que, a tenor de las ideas sobre la elegancia que habÃa adquirido en Lowood, consideraba demasiado bonito y reservaba para ocasiones especiales.
—Un broche le quedarÃa bien —dijo la señora Fairfax.
Yo tenÃa un único adorno de perlas que la señorita Temple me habÃa dado como regalo de despedida; me lo puse y bajé al salón. Estaba tan poco habituada a la presencia de extraños que me abrumaba la idea de un encuentro formal con el señor Rochester. Dejé que la señora Fairfax me precediera, y me mantuve a su sombra mientras cruzábamos la estancia y pasábamos por debajo del arco (las cortinas que colgaban de él habÃan sido retiradas) que conducÃa a aquel sobrio comedor anexo.