Jane Eyre
Jane Eyre Dos candelabros alumbraban la mesa y otros dos el hogar; frente a él, tumbado a la luz de las llamas de un fuego muy vivo, yacía Pilot, mientras que Adèle se hallaba de rodillas a su lado. Medio reclinado sobre un sofá estaba el señor Rochester, quien, con los pies apoyados sobre un cojín, contemplaba la estampa formada por la niña y el perro. El reflejo de la lumbre iluminaba su rostro y me permitió reconocer en él al viajero de anchas y pobladas cejas: la línea horizontal de su pelo negro hacía más cuadrada su frente y la nariz pronunciada le confería más personalidad que belleza, ya que sus aletas parecían indicar mal genio. La misma dureza se extendía a la boca, la barbilla y la mandíbula. Su figura, ahora sin el abrigo, armonizaba con la solidez de su rostro. Supongo que tenía un buen cuerpo desde un punto de vista atlético, con el pecho ancho y caderas estrechas, pero carecía de altura y de gracia.
El señor Rochester debió de darse cuenta de nuestra aparición, pero al parecer no estaba de muy buen humor y no se molestó en levantar la cabeza para mirarnos.
—Esta es la señorita Eyre, señor —dijo la señora Fairfax en su plácido tono habitual.
Él me dedicó un gesto de saludo, sin apartar todavía los ojos del grupo formado por la niña y el perro.