Jane Eyre

Jane Eyre

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—Pues que se siente la señorita Eyre —dijo él, y hubo una cierta impaciencia en su tono de voz, pese al barniz formal, que parecía expresar: «¿Y a mí que me importa si la señorita Eyre está o no aquí? En este momento, no puedo prestarle atención».

Me senté tranquilamente. Un recibimiento más amable me habría puesto nerviosa, ya que me habría visto incapaz de responder con el ingenio y la elegancia apropiados, pero este brusco saludo no me obligaba a nada. Al contrario: mis buenos modales me ponían en una situación ventajosa. Además, sentía curiosidad por su conducta excéntrica y quería saber qué me depararía la velada.

Él se mantuvo quieto como una estatua, sin hablar ni moverse. La señora Fairfax pareció asumir la responsabilidad de entablar conversación y comenzó a hablar. Tan gentil como siempre —y, me temo, haciendo gala de la banalidad que era habitual en ella—, se lamentó de lo ocupado que había estado el señor durante todo el día y de las dolorosas molestias que debía de haberle causado el tobillo, para luego pedirle que tuviera paciencia y aceptara los hechos con resignación.

—Me apetecería tomar una taza de té, señora Fairfax —dijo él como única respuesta.


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