Jane Eyre
Jane Eyre —Ya me lo imaginaba. ¿Esperaba a su gente sentada en ese escalón del camino?
—¿A quién, señor?
—A los hombrecillos de verde. Era un anochecer propicio para ellos. ¿Heló usted el camino porque yo crucé sin querer alguno de sus cÃrculos mágicos?
Sacudà la cabeza.
—Los hombrecillos de verde huyeron de Inglaterra hace cien años —dije, en un tono de voz tan serio como el suyo—. Y no hallará rastro de ellos en el camino de Hay, ni en los bosques de los alrededores. No creo que ni el sol del verano ni la luna invernal vuelvan a lucir sobre sus cabezas.
La señora Fairfax habÃa dejado caer su labor, y con las cejas alzadas parecÃa preguntarse qué clase de conversación era aquella.
—Bien —resumió el señor Rochester—, aunque carezca de padres, debe usted tener algún pariente. ¿TÃos, tÃas?
—Nadie que yo conozca.
—¿Y su hogar?
—No tengo hogar.
—¿Dónde viven sus hermanos o hermanas?
—No tengo hermanos ni hermanas, señor.
—¿Quién la recomendó para este puesto?
—Puse un anuncio y la señora Fairfax respondió a él.