Jane Eyre
Jane Eyre —Y estoy seguro de que todas las niñas le adoraban, como las monjas del convento adoran al sacerdote.
—No.
—¡Es usted muy frÃa! ¡No! ¿Una novicia que no venera a su sacerdote? ¡Eso suena a blasfemia!
—Me disgustaba el señor Brocklehurst, y no era la única que albergaba ese tipo de sentimiento hacia él. Es un hombre duro, pomposo y entrometido: hacÃa que nos cortaran el pelo y, con la excusa del ahorro, nos compraba hilo y agujas de tan mala calidad que apenas podÃamos coser.
—Entonces era un falso ahorro —intervino la señora Fairfax, que habÃa vuelto a enganchar el hilo de la conversación.
—¿Y esos eran los principales defectos de ese caballero? —inquirió el señor Rochester.
—Mientras fue el único administrador, antes de que se formara un comité de dirección, nos mataba de hambre; nos aburrÃa con interminables sermones una vez por semana, y al atardecer nos leÃa textos redactados por él mismo que hablaban de muertes súbitas y castigos divinos, textos que nos provocaban un enorme pánico a la hora de acostarnos.
—¿A qué edad fue usted a Lowood?
—A los diez años.
—Si permaneció ocho años allÃ, debe de rondar los dieciocho, ¿me equivoco?