Jane Eyre

Jane Eyre

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—Y estoy seguro de que todas las niñas le adoraban, como las monjas del convento adoran al sacerdote.

—No.

—¡Es usted muy fría! ¡No! ¿Una novicia que no venera a su sacerdote? ¡Eso suena a blasfemia!

—Me disgustaba el señor Brocklehurst, y no era la única que albergaba ese tipo de sentimiento hacia él. Es un hombre duro, pomposo y entrometido: hacía que nos cortaran el pelo y, con la excusa del ahorro, nos compraba hilo y agujas de tan mala calidad que apenas podíamos coser.

—Entonces era un falso ahorro —intervino la señora Fairfax, que había vuelto a enganchar el hilo de la conversación.

—¿Y esos eran los principales defectos de ese caballero? —inquirió el señor Rochester.

—Mientras fue el único administrador, antes de que se formara un comité de dirección, nos mataba de hambre; nos aburría con interminables sermones una vez por semana, y al atardecer nos leía textos redactados por él mismo que hablaban de muertes súbitas y castigos divinos, textos que nos provocaban un enorme pánico a la hora de acostarnos.

—¿A qué edad fue usted a Lowood?

—A los diez años.

—Si permaneció ocho años allí, debe de rondar los dieciocho, ¿me equivoco?


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker