Jane Eyre

Jane Eyre

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La luz del día comenzó a desaparecer de la habitación roja. Eran más de las cuatro y las nubes de la tarde habían dado paso a un oscuro crepúsculo. Oía el ruido incesante de la lluvia contra los cristales y los aullidos del viento procedentes del salón. El frío fue penetrando en mi cuerpo, y con él se mitigó el valor. Volví a caer en mi talante habitual: humilde, inseguro y triste, mientras se apagaba en mí todo signo de enojo. Si todos decían que era mala, tal vez tuvieran razón. ¿O no era perverso el pensamiento de ayunar hasta la muerte? Eso era un crimen. ¿Estaba preparada para morir? ¿O quizá el panteón que había bajo la cancela de la iglesia de Gateshead me resultaba acogedor? Me habían contado que el señor Reed yacía enterrado en ese panteón, y esa idea me llevó a pensar en él con creciente pavor. No podía recordarle, pero sabía que era mi tío carnal, el hermano de mi madre, que me había llevado a su hogar cuando me quedé huérfana y había hecho prometer a su esposa que se ocuparía de mí como si fuera su propia hija. Es probable que la señora Reed creyera que había mantenido su palabra, y me atrevo a decir que lo había hecho hasta donde se lo permitía su naturaleza. ¿Cómo iba a ver con agrado la presencia de una intrusa que no llevaba su sangre y a la que no la ataba lazo alguno después de la muerte de su marido? Debía de haber sido muy molesto sentirse obligada a ocupar el lugar de la madre de una niña extraña a la que no podía amar, y soportar que esta criatura ajena y antipática se instalara de forma permanente en el seno de su familia.


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