Jane Eyre
Jane Eyre Una súbita idea me asaltó. No tenía ninguna duda, nunca la había tenido, de que si el señor Reed viviera, el trato que yo recibiría en la casa sería muy distinto. Ahora, sentada frente a la blanca cama y rodeada por las sombras que crecían por las paredes, sin perder de vista el débil brillo del espejo, empecé a recordar lo que me habían dicho acerca de los muertos que se removían en sus tumbas por no ver cumplidos sus últimos deseos y volvían a la tierra para castigar a los perjuros y vengar a los oprimidos. Pensé que el espíritu del señor Reed, acosado por las afrentas cometidas a la hija de su hermana, podía optar por abandonar su lugar de reposo, ya fuera el panteón o el mundo desconocido en el que moran las almas, y aparecer en esta habitación. Me enjugué las lágrimas y contuve los suspiros, temerosa de que cualquier señal de pena acabara logrando que una voz sobrenatural despertara y me hablara para consolarme, o provocara que un rostro surgiera en la oscuridad y se inclinara hacia mí, ofreciéndome su compasión. Esta idea, que en principio parecía consoladora, me aterraba más que cualquier otro castigo. Me esforcé con todo mi ser para sofocar el llanto: estaba decidida a calmarme. Apartándome el cabello de los ojos, levanté la cabeza e intenté mostrar una energía que estaba lejos de sentir. Justo en ese momento, el destello de una luz brilló en la pared. ¿Acaso se trataba de un rayo de luna que penetraba por alguna rendija de la persiana? No, la luz de la luna permanecía inmóvil y en cambio esta parpadeaba: mientras la seguía con la mirada, se deslizó hasta el techo temblando sobre mi cabeza. Ahora supongo que esta luz procedía de una linterna que alguien llevaba en el jardín, pero entonces, con la mente dispuesta a ver fantasmas por todas partes y con los nervios a flor de piel, pensé que ese rayo inquieto era el anuncio de una visión procedente del otro mundo. Aumentó la velocidad de los latidos de mi corazón; la frente me ardía y un sonido que tomé por el rugir del viento me llenó los oídos. Parecía que algo estaba cerca de mí. Me sentía agobiada, casi ahogada… La resistencia cedió y proferí un grito salvaje e involuntario. Corrí hacia la puerta y la golpeé en un desesperado esfuerzo por hacerme oír. Unos pasos recorrieron el pasillo, en la cerradura giró una llave… Bessie y Abbot entraron.