Jane Eyre
Jane Eyre Una tarde que tenía compañía para cenar mandó llevar a la sala la carpeta con mis dibujos, sin duda con la intención de exhibirlos. Los invitados se marcharon temprano porque debían asistir a una reunión en Millcote, según me informó la señora Fairfax, pero la noche, húmeda y desapacible, disuadió al señor Rochester de acompañarlos. Poco después de su partida, el señor hizo sonar la campanilla: nos llegó el mensaje de que Adèle y yo debíamos bajar a verle. Cepillé el cabello de Adèle y la aseé; una vez me hube asegurado que yo presentaba mi austero aspecto habitual, ambas bajamos las escaleras. Adèle se preguntaba si habría llegado ya su petit coffre: debido a algún error, el retraso había sido considerable. Sus deseos se vieron satisfechos y, cuando entramos en el comedor, la caja de cartón la esperaba sobre la mesa. Su instinto no la había engañado.
—Ma boîte! Ma boîte! —exclamó, corriendo hacia ella.