Jane Eyre

Jane Eyre

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—Sí, por fin ha llegado tu dichosa boîte. Llévatela a un rincón, genuina hija de París, y diviértete operándola y extrayendo su contenido —dijo la profunda y sarcástica voz del señor Rochester desde la enorme butaca que estaba junto al fuego—. E intenta no molestarme con detalles del proceso anatómico o del estado de las entrañas de la caja: en otras palabras, realiza la operación en el más absoluto silencio. Tiens-toi tranquille, enfant; comprends-tu?[9]

La advertencia era absolutamente innecesaria: Adèle ya se había sentado en el sofá con el tesoro en las manos y se afanaba en deshacer la cuerda que sujetaba la tapa. Después de vencer ese obstáculo y de retirar algunos papeles de seda plateados, se limitó a exclamar:

—Oh, Ciel! Que c’est beau!

Y permaneció absorta en estática contemplación.

—Señorita Eyre, ¿está usted ahí? —inquirió el señor, incorporándose levemente de su asiento con el fin de atisbar detrás de la puerta, donde yo esperaba de pie—. ¡Ah, bien! Acérquese, siéntese aquí.

Al decir estas palabras, acercó una silla a la suya.


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