Jane Eyre
Jane Eyre —No soporto demasiado bien la charla de los niños —prosiguió—. Siendo como soy un viejo solterón, sus palabras carecen para mà del menor interés. Me resultarÃa intolerable tener que pasar una velada a solas con un chiquillo. No aparte la silla, señorita Eyre; siéntese exactamente donde yo la he puesto… si le apetece, claro está. ¡Malditos modales! Siempre los olvido. Tampoco me siento excesivamente atraÃdo por las viejas bobaliconas. Por cierto, no debemos olvidar a la nuestra. Al fin y al cabo, es una Fairfax, o al menos se casó con uno. La sangre es más espesa que el agua, ya sabe.
Hizo sonar la campanilla e invitó a la señora Fairfax a que se uniera a nosotros. Esta no tardó en bajar, provista de su cesta de costura.
—Buenas tardes, señora. He mandado a buscarla por un propósito caritativo: he prohibido a Adèle que me hable de sus regalos y ella está a punto de estallar de deseos de compartir las noticias con alguien. Si tiene usted la bondad de servirle de audiencia y de interlocutora, será una de las acciones más misericordiosas que haya realizado en su vida.
Tan pronto como Adèle vio a la señora Fairfax, la llamó a su lado y le llenó el regazo con los contenidos de su boîte —objetos de porcelana, marfil y cera—, mientras prorrumpÃa en exclamaciones y explicaciones en su entrecortado inglés habitual.