Jane Eyre

Jane Eyre

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—Y ahora que he cumplido con mis deberes de anfitrión —continuó el señor Rochester—, logrando que mis invitados se diviertan, debería quedar libre para atender a mi propio placer. Señorita Eyre, avance su silla un poco más: aún está demasiado alejada. No consigo verla desde el lugar que ocupo en esta cómoda silla y no tengo la menor intención de cambiar de postura.

Hice lo que me pedía, aunque hubiera preferido permanecer algo más en la sombra. Sin embargo, el señor Rochester tenía una forma de dar órdenes que no admitía réplica.

Como he dicho, nos encontrábamos en el comedor: la araña de cristal que habían encendido a la hora de la cena confería a la estancia un resplandor festivo. Las llamas ardían vivamente en el hogar y las cortinas de color púrpura colgaban suntuosas ante la elevada ventana y el arco. A excepción de los susurros de Adèle, que no se atrevía a hablar en voz alta, y del rumor de la lluvia contra los cristales, ningún otro ruido turbaba la paz del momento.





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