Jane Eyre
Jane Eyre El aspecto del señor Rochester era esa noche distinto al habitual: sentado en la silla forrada de damasco, no parecía tan duro, ni tan amargado. Sus labios sonreían y le brillaban los ojos; tal vez, aunque no puedo asegurarlo, por causa del vino. En resumen, después de cenar estaba de buen humor; en comparación con la seriedad y severidad de las que hacía gala por las mañanas, su talante nocturno era más expansivo e ingenioso, más desinhibido. No obstante, su rostro no llegaba a ser agradable. Mantenía la cabeza apoyada en el mullido respaldo del asiento; la luz del fuego alumbraba sus graníticos rasgos y los ojos grandes y oscuros, porque también hay que decir que tenía los ojos muy grandes y muy oscuros, hermosos, con algo en ellos que, si bien no podía tomarse como dulzura, al menos recordaba a ese sentimiento.
Había estado absorto en la contemplación del fuego durante dos minutos, el mismo tiempo que yo había dedicado a observarle a él, pero se giró de repente y advirtió que yo tenía los ojos fijos en sus rasgos.
—Me mira usted con suma atención, señorita Eyre —dijo—. ¿Acaso me encuentra atractivo?
De haberlo pensado antes, estoy segura de que habría ideado una respuesta conforme a lo que mandan los buenos modales, pero las palabras se escaparon de mis labios antes de que fuera consciente de ellas.
—No, señor.