Jane Eyre
Jane Eyre —¡Válgame Dios! No se puede negar que es usted una mujer singular. A primera vista parece una novicia: su porte al sentarse, con las manos dobladas en el regazo y la mirada clavada en la alfombra, revela una personalidad austera, serena, grave y sencilla, excepto cuando levanta los penetrantes ojos y los dirige hacia mi cara, como sucedÃa hace un momento. Y, en las ocasiones en que se le formula una pregunta o se ve obligada a responder al comentario de otro, se descuelga con una respuesta contundente que, si no puede calificarse como grosera, sà es, cuando menos, brusca. ¿Qué significa esto?
—Me temo que he sido demasiado sincera, señor, y le pido disculpas por ello. DeberÃa haber contestado que no resulta fácil dar respuesta inmediata a las cuestiones que se refieren a la apariencia externa, que los gustos difieren en función de las personas, que la belleza no tiene ninguna importancia, o algo por el estilo.
—¡Ni se le ocurra darme ese tipo de respuestas! ¡Que la belleza no tiene ninguna importancia…! Y asÃ, con este intento de suavizar el ultraje previo, usted me clava un nuevo dardo en el oÃdo. ¡Prosiga! ¿Qué defectos encuentra en mÃ? Quiero suponer que tengo brazos y piernas, como cualquier otro hombre.
—Señor Rochester, permÃtame que retire la primera respuesta. No era mi intención ser brusca. Fue una groserÃa.