Jane Eyre

Jane Eyre

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—Esta noche me siento amistoso y comunicativo —repitió—, y por eso la mandé llamar. El fuego y el candelabro no eran suficientes; ni tampoco Pilot, porque no sabe hablar. Adèle se sitúa ligeramente por encima, pero la separa aún una gran distancia del mínimo necesario, y lo mismo puede decirse de la señora Fairfax. Estoy convencido de que usted puede servir para mis propósitos. Me confundió la primera noche que la invité a sentarse. Desde entonces, casi la había olvidado: he tenido la cabeza ocupada. Pero esta noche estoy decidido a estar a gusto, a apartar todo lo molesto y dar la bienvenida a lo que me resulta placentero. Y ahora me complacería oírla hablar, saber más cosas de usted, así que, hable.

En lugar de obedecer, opté por sonreír, y me temo que la sonrisa no indicaba placer ni sumisión.

—¡Hable! —ordenó.

—¿De qué, señor?

—De lo que le apetezca. Le dejo elegir el tema y el tono de la conversación.

En consecuencia, decidí permanecer callada. «Si lo que espera es que empiece a charlar por el mero placer de hacerlo o con el fin de darme importancia, me temo que se ha equivocado de persona», pensé.

—¿Se le ha comido la lengua el gato, señorita Eyre?


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